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Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo (Mt 27, 1-2.11-54)
Queridos hermanos:
Hoy entramos en el corazón del misterio cristiano. Comenzamos la Semana Santa con una escena que es, al mismo tiempo, de júbilo y de drama: aclamamos a Jesús con ramos en las manos, pero ya se perfila en el horizonte la cruz. El mismo pueblo que grita “¡Hosanna!” será el que, poco después, dirá “¡Crucifícalo!”.
La Pasión que hemos escuchado según san Mateo nos enfrenta con una verdad profunda: Jesús es condenado no sólo por las autoridades, sino por un entramado de intereses, miedos, indiferencias y cobardías. Poncio Pilato reconoce la inocencia de Jesús, pero no se juega por la verdad; la multitud se deja manipular; los discípulos huyen; uno lo traiciona, otro lo niega. Y, sin embargo, en medio de todo, Jesús ama hasta el extremo. Este relato no es sólo memoria de lo que ocurrió hace dos mil años. Es también un espejo de lo que vivimos hoy.
En nuestra región, marcada tantas veces por la pobreza persistente, por las dificultades laborales y por la incertidumbre de muchas familias, vemos rostros concretos de Cristo sufriente. En nuestra patria, atravesada por tensiones sociales, debates duros y heridas que aún no terminan de sanar, también resuena ese grito: “¡Crucifícalo!”, cada vez que se desprecia la dignidad del otro o se lo convierte en enemigo.
Y si ampliamos la mirada al mundo, encontramos guerras, violencia, migraciones forzadas, pueblos enteros que cargan su cruz. Como nos ha recordado tantas veces el querido Papa Francisco, vivimos una “tercera guerra mundial en partes”. Y hoy, el Santo Padre León XIV nos sigue llamando a no acostumbrarnos al dolor ajeno, a no volvernos indiferentes ante el sufrimiento.
Frente a todo esto, la Pasión del Señor nos ofrece tres claves para vivir esta Semana Santa con profundidad.
Primero: la verdad que no se negocia.
Jesús no se defiende con violencia, pero tampoco renuncia a la verdad. Ante Pilato afirma su realeza, una realeza que no se basa en el poder sino en el amor. También nosotros estamos llamados a ser testigos de la verdad, aun cuando eso tenga costo.
Segundo: la cruz asumida con amor.
Jesús no busca el sufrimiento, pero lo abraza por fidelidad al Padre y por amor a nosotros. En nuestras cruces cotidianas —enfermedad, soledad, conflictos— estamos invitados a unirnos a Cristo, sabiendo que la cruz no es el final.
Tercero: la esperanza que nace en la oscuridad.
El momento más dramático del Evangelio es también el más fecundo. Cuando todo parece perdido, cuando Jesús muere y el velo del templo se rasga, comienza algo nuevo. La muerte no tiene la última palabra.
Hermanos, al iniciar esta Semana Santa, no nos quedemos sólo en los ritos externos. Tomemos el ramo en nuestras manos, sí, pero sobre todo abramos el corazón. Preguntémonos con sinceridad: ¿en qué momentos de mi vida me parezco a la multitud que cambia? ¿Dónde me falta valentía para defender el bien? ¿Qué cruces estoy llamado a abrazar con fe?
Pidamos la gracia de acompañar a Jesús de cerca estos días. No como espectadores, sino como discípulos. Que, al final de este camino, podamos también nosotros pasar de la cruz a la vida nueva.
Que María, la Madre fiel al pie de la cruz, nos enseñe a permanecer. Y que esta Semana Santa renueve en nuestra Iglesia y en nuestro pueblo la certeza de que el amor de Cristo es más fuerte que todo mal.
Amén.