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Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, consagrados y fieles laicos:
Hoy nos reúne una de las celebraciones de más profundo significado en la vida de la Iglesia: la Misa Crismal. En torno al altar, en torno a la Eucaristía, se hace visible el misterio de la Iglesia como comunión: comunión entre el obispo y su presbiterio, con el pueblo santo de Dios, comunión en Cristo, el Ungido del Padre.
Las lecturas que hemos escuchado iluminan profundamente lo que hoy celebramos. El profeta Isaías pone en labios del Mesías una palabra que resuena con fuerza: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido” (Is 61). Y en el Evangelio, Jesús mismo, en la sinagoga de Nazaret, proclama que esa palabra se cumple en Él: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír” (Lc 4,21).
Cristo es el Ungido: Él es el Sacerdote, el Profeta y el Rey. Y nosotros, por el Bautismo, hemos sido hechos partícipes de esa unción. Pero de modo particular, queridos hermanos, por el sacramento del Orden hemos sido configurados con Cristo Cabeza y Pastor. Nuestra vida y nuestra identidad más profunda nacen de esa unción.
Hoy renovamos las promesas sacerdotales. No es un gesto formal: es volver al primer amor, a aquel día en que, con temblor y alegría, dijimos “sí” al Señor que nos llamaba. Es recordar que no somos dueños de nuestro ministerio, sino servidores; que no nos pertenecemos, sino que pertenecemos a Cristo y a su Iglesia.
Queridos sacerdotes estamos invitados a renovar juntos ese “sí”. En medio de las dificultades, del cansancio, de las incomprensiones, incluso de nuestras propias fragilidades, el Señor sigue confiando en nosotros. Él no retira su llamada. Él no se arrepiente de habernos elegido. Como nos recuerda el libro del Apocalipsis: “Aquel que nos ama y nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre… ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para Dios, su Padre” (Ap 1,5-6).
La comunión entre nosotros no es simplemente organizativa o funcional: es sacramental, un don del Espíritu, es participación en la única misión de Cristo. Como tantas veces nos enseñó el querido Papa Francisco, el sacerdote no es un “solitario”, sino un hombre de comunión, llamado a vivir la fraternidad presbiteral, a caminar junto a su obispo y junto a sus hermanos. Y el Santo Padre León XIV nos sigue exhortando a ser pastores con olor a oveja, cercanos, disponibles, testigos creíbles del Evangelio lo cual implica olor a Dios.
Hoy también bendecimos el óleo de los enfermos, el óleo de los catecúmenos, y consagramos el Santo Crisma. Estos óleos, sencillos en su materia, se convierten en signos poderosos de la gracia. Con ellos serán ungidos los enfermos, para recibir consuelo y vigor; los catecúmenos, para ser fortalecidos en su camino de fe; los bautizados, confirmados y ordenados, para ser sellados con el Espíritu Santo.
El Santo Crisma, en particular, nos habla de plenitud, de consagración, de misión. Cada vez que ungimos, es Cristo mismo quien unge. Cada vez que un hombre o una mujer recibe esa unción, es incorporado más profundamente a la vida de la Iglesia.
Querido pueblo de Dios: recen por sus sacerdotes. Sosténganlos con su cercanía, con su afecto, con su oración. Un sacerdote sostenido por su comunidad es un sacerdote más fiel, más disponible, más fecundo.
Y a ustedes, queridos sacerdotes, les digo con el corazón de pastor: no tengamos miedo de volver siempre a Cristo, de dejarnos renovar por Él, de vivir con radicalidad nuestra vocación. El mundo necesita sacerdotes auténticos, testigos de esperanza, hombres de Dios.
Que la Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes, nos acompañe en este camino. Que ella nos enseñe a decir cada día nuestro “sí”, como lo hizo en Nazaret. Que esta Eucaristía renueve en todos nosotros la alegría de ser Iglesia, la alegría de la comunión, la alegría de servir.
Amén.
† Mons. José Adolfo Larregain ofm
NOTA: a la derecha de la página, en Archivos, el texto como Homilía Misa Crismal 2026 - Mons. Larregain en PDF