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Jueves Santo
Queridos hermanos:
Con esta celebración entramos en el corazón mismo de nuestra fe: el sagrado Triduo Pascual. No comenzamos simplemente un recuerdo, sino que somos introducidos en el misterio vivo del amor de Cristo, que se entrega por nosotros hasta el extremo.
El Evangelio nos lo ha dicho con una frase que lo resume todo: “los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Este “extremo” no es sólo una medida de intensidad, sino una forma de amar: un amor que se dona, que se abaja, que se hace servicio.
En la primera lectura, tomada del libro del Éxodo (cf. Ex 12,1-14), hemos escuchado el relato de la Pascua de Israel. El pueblo es liberado de la esclavitud mediante la sangre del cordero. Esa noche se convierte en memorial perpetuo: una celebración que no sólo recuerda, sino que hace presente la acción salvadora de Dios.
Esa Pascua encuentra su plenitud en Jesucristo. Él es el verdadero Cordero. Su sangre no marca las puertas de las casas, sino el corazón de la humanidad. Su entrega no libera de una esclavitud exterior, sino del pecado y de la muerte.
Por eso san Pablo, en la segunda lectura (cf. 1 Cor 11,23-26), nos transmite lo que él mismo ha recibido: la institución de la Eucaristía. “Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes… este cáliz es la nueva alianza en mi sangre”. No son palabras simbólicas o lejanas: son palabras eficaces, que hacen presente hoy el sacrificio de Cristo.
Cada vez que celebramos la Eucaristía, no repetimos un gesto pasado, sino que entramos en el hoy de Dios. Como nos recuerda el Papa Francisco, la Eucaristía no es un premio para los perfectos, sino el alimento de los débiles, el pan de los pecadores que buscan misericordia. Y el Santo Padre León XIV nos invita a redescubrir la centralidad de la Eucaristía como fuente de comunión y misión en la Iglesia.
El Evangelio de esta noche, según san Juan (cf. Jn 13,1-15), nos relata el lavatorio de los pies. Y esto no es casual: san Juan nos muestra el “estilo” de la Eucaristía. Jesús, el Maestro y Señor, se levanta de la mesa, se quita el manto, toma la toalla y se pone a lavar los pies de sus discípulos. Es un gesto desconcertante. Pedro se resiste, porque no comprende que el amor de Dios se manifieste en el abajamiento. Allí está el corazón del Evangelio: Dios no domina, sirve; no se impone, se entrega; no humilla, se arrodilla ante el hombre.
El Señor nos deja un mandato: “Les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes” (Jn 13,15). Este es el mandamiento nuevo del amor: no amar de cualquier modo, sino amar como Él nos ha amado.
Hermanos, no hay Eucaristía verdadera sin caridad concreta: no podemos comulgar el Cuerpo de Cristo y despreciar al hermano; no podemos participar de la mesa del Señor y permanecer indiferentes ante el sufrimiento de los demás.
El lavatorio de los pies nos recuerda que la Iglesia está llamada a ser servidora, que se arrodilla ante las heridas del mundo, que se acerca a los pobres, a los que sufren, a los descartados.
Esta noche contemplamos tres grandes dones: la Eucaristía, presencia viva de Cristo que se entrega; el sacerdocio, que hace posible ese don a lo largo de los siglos y el mandamiento del amor, que da forma concreta a nuestra vida cristiana.
Al comenzar este Triduo, pidamos la gracia de dejarnos amar por el Señor. Sólo quien se deja lavar los pies por Cristo puede luego lavar los pies de los hermanos. Que María, mujer eucarística, nos enseñe a vivir este misterio con fe y con amor. Que esta noche, al acercarnos al altar, podamos decir con verdad: Señor, queremos aprender a amar como Tú.
† Mons. José Adolfo Larregain ofm
NOTA: A la derecha de la página, en Archivos, el texto como Homilía – Misa Vespertina de la Cena del Señor 2026 en PDF