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Viernes Santo
Queridos hermanos:
Hoy la Iglesia guarda silencio. No celebramos la Eucaristía, no hay canto de gloria, no hay consagración del Cuerpo y de la Sangre de Cristo… pero hay algo más profundo: contemplamos el amor llevado hasta el extremo. Nos reunimos ante la Cruz, que no es derrota, sino el lugar donde Dios nos revela su corazón. Esta celebración, con sus tres momentos —la Palabra, la Cruz y la Comunión—, nos conduce paso a paso al misterio central de nuestra fe.
1. La Liturgia de la Palabra: el Siervo que carga con nuestro dolor
El profeta Isaías nos ha presentado la figura del Siervo sufriente: “Fue traspasado por nuestras rebeldías… y por sus heridas hemos sido curados” (Is 53,5). No es un relato lejano: es Cristo. Es Jesús que toma sobre sí el pecado del mundo. El Evangelio según san Juan nos lo muestra dueño de la situación, incluso en su pasión. No es una víctima pasiva: es el Hijo que entrega su vida libremente. Cuando dice “Todo está cumplido” (Jn 19,30), no expresa resignación, sino plenitud. Se ha cumplido el designio del Padre: amar hasta el extremo.
La carta a los Hebreos nos da una clave fundamental: Jesús es el Sumo Sacerdote que conoce nuestro dolor, que ha sido probado en todo, menos en el pecado. Por eso podemos acercarnos con confianza.
En esta Palabra hay una verdad que no podemos eludir: Cristo murió por nosotros, por nuestros pecados, por nuestras heridas concretas. No murió en abstracto, lo hizo por cada uno.
2. La adoración de la Cruz: mirar aquello que hemos traspasado
La liturgia nos invita a un gesto fuerte: adorar la Cruz, la cual no es un símbolo decorativo. Es el lugar del sacrificio. Allí está el precio de nuestra salvación. Allí se revela hasta dónde llega el amor de Dios.
Como dice el Evangelio: “Mirarán al que traspasaron” (cf. Jn 19,37). Adorar la Cruz no es un acto externo, es dejarnos tocar por ese amor, es reconocer que muchas veces seguimos crucificando al Señor con nuestras indiferencias, con nuestras injusticias, con nuestras omisiones. También es descubrir que la Cruz no acusa: la Cruz perdona. Desde allí, Jesús dice: “Padre, perdónalos”.
En este Viernes Santo, cada uno de nosotros está invitado a acercarse a la Cruz con verdad: con su pecado, con su dolor, con su historia. Y allí escuchar: “Yo doy la vida por vos”.
3. La Sagrada Comunión: participar del sacrificio redentor
Comulgamos con el Cuerpo de Cristo consagrado ayer, en la Cena del Señor. Este gesto nos une profundamente al sacrificio de la Cruz. No es meramente un recuerdo: es participación. El mismo Cristo que murió por nosotros se nos da como alimento. San Juan nos ha mostrado que del costado abierto de Cristo brotaron sangre y agua: signo de los sacramentos, de la Iglesia que nace del Crucificado.
Al comulgar, recibimos ese amor entregado. Y esto tiene una consecuencia concreta: no podemos comulgar con Cristo sin aprender a vivir como Él, en entrega, en servicio, en perdón.
Queridos hermanos: el Viernes Santo no es solo contemplación. Es una llamada a reconocer el amor inmenso de Dios, que no se cansa de buscarnos; a dejarnos reconciliar, dejando en la Cruz aquello que nos pesa; a aprender el camino de la entrega, en nuestras familias, comunidades y en la sociedad.
En un mundo herido por la violencia, la injusticia y la indiferencia, la Cruz de Cristo sigue siendo la única esperanza verdadera. Como nos recuerda el Papa Francisco, Dios nunca se cansa de perdonar; somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. Hoy, la Cruz nos vuelve a abrir ese camino. Bajo la Cruz está María, la Madre. Ella nos enseña a permanecer, a no huir, a confiar incluso en la oscuridad.
Hermanos, en este día santo, dejemos que el silencio hable, que la Cruz nos mire, y que el amor de Cristo transforme nuestro corazón porque si hoy contemplamos su muerte, es porque ya comienza a amanecer la esperanza de la Resurrección.
Amén.
† Mons. José Adolfo Larregain ofm
NOTA: A la derecha de la página, en Archivos, el texto como Celebración de la Pasión del Señor (Viernes Santo) en PDF