PRENSA > NOTICIAS
Queridos hermanos: nos congregamos hoy bajo la sombra bendita de la Cruz de los Milagros, signo que ha marcado el origen, la historia y la identidad de nuestro pueblo correntino. No es solo un recuerdo del pasado, sino una presencia viva que ilumina nuestro presente y orienta nuestros pasos hacia el futuro.
En el Evangelio escuchamos a Jesús decirnos con ternura y firmeza: “No se turbe vuestro corazón. Crean en Dios y crean también en mí” (Jn 14,1). Estas palabras, pronunciadas en un momento de incertidumbre para los discípulos, resuenan hoy con particular fuerza en medio de nuestras propias inquietudes, de los desafíos sociales y de los dolores que atraviesa nuestro pueblo.
Jesús se presenta como “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). No nos deja una idea abstracta, sino que Él mismo se ofrece como guía. La Cruz de los Milagros nos recuerda que nuestra fe está puesta en el Señor de la Vida, en Aquel que transforma el dolor en esperanza y la muerte en vida.
La cruz, que fue instrumento de muerte, se ha convertido en fuente de salvación. Así también, en la historia de nuestro pueblo, tantas pruebas han sido ocasiones para crecer, para confiar más profundamente en Dios. Creer no es evadir la realidad, sino atravesarla con la certeza de que el Señor camina a nuestro lado.
Como nos recuerda el Papa Francisco, la fe no nos aparta de la historia, sino que nos compromete más hondamente con ella, con una confianza activa y esperanzada. Y en esta misma línea, el Papa León XIV nos invita a redescubrir una fe encarnada, capaz de iluminar las situaciones concretas de los pueblos.
Jesús afirma también: “El que cree en mí hará las obras que yo hago” (Jn 14,12). La fe auténtica se traduce en obras, en gestos concretos de amor, de servicio y de justicia. La Cruz de los Milagros no solo protegió a un pueblo naciente; también lo convocó a vivir en comunión, a sostenerse mutuamente, a crecer como hermanos. Hoy, en un contexto donde muchas veces prevalecen la fragmentación, la indiferencia o la confrontación, estamos llamados a ser testigos de una fraternidad concreta.
El Señor nos invita a tender puentes, a cuidar a los más frágiles, a no quedarnos en palabras vacías. La caridad cristiana se vuelve creíble cuando se hace cercanía, cuando se traduce en gestos sencillos pero verdaderos, en reconocernos hermanos, custodios unos de otros, viviendo con sencillez y apertura, construyendo paz en lo cotidiano.
Finalmente, Jesús consuela a sus discípulos con una promesa: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas” (Jn 14,2). Es la certeza que sostiene nuestra esperanza: estamos llamados a la comunión plena con Dios. La cruz no es el final del camino, sino el paso hacia la Resurrección. Por eso, en medio de las dificultades que atraviesa nuestra sociedad —las heridas económicas, las tensiones sociales, las incertidumbres del presente—, la Cruz de los Milagros se alza como un faro que no se apaga.
La esperanza cristiana no es ingenua ni superficial: nace del amor de Dios derramado en nuestros corazones (cf. Rom 5,5). Es una esperanza que nos pone en camino, que nos hace perseverar, que nos impulsa a construir aun en medio de la fragilidad.
Queridos hermanos, al celebrar esta fiesta tan entrañable, renovemos nuestra confianza en Cristo. Dejémonos sostener por la fe, comprometámonos con una fraternidad concreta y abramos el corazón a la esperanza que brota de la Cruz. Que, como nuestros antepasados, sepamos refugiarnos bajo su protección y el amparo de Nuestra Tiernísima Madre de Itatí, y, desde allí, trabajar por un pueblo más justo, más unido y más fiel al Evangelio.
Que la Cruz de los Milagros siga siendo para todos nosotros signo de la presencia de Dios que nunca abandona a su pueblo… y que nos anima a reconstruir la vida desde el amor, la paz y la sencillez.
† Mons. José Adolfo Larregain ofm